El moralizador de la política italiana

“Los italianos son así. ¿Qué esperabas de ellos?”, sentenció mi padre, comentando por teléfono los resultados de las elecciones. “¿Es que tú eres noruego, papá?”. Silencio.

Cuando hace un mes estrené este blog, medio en serio medio en broma, elegí el adjetivo taumatúrgico para calificarlo. Cómo sobrevivir a la campaña electoral italiana era mi lema. Ahora que la suerte está echada, las urnas vacías y los escenarios políticos más inciertos que nunca, veo claramente que mi catastrófica previsión pecó de ingenua y comedida. Mientras la gente aún estaba votando, escribí que -aunque acabaran siendo el partido más votado- éstas son las elecciones que el Partido Demócrata no quiso ganar. En parte me equivoqué, porque para el PD la realidad fue más dura que sus peores previsiones. La coalición de centro-izquierda fue la más votada, pero tan sólo sacó el 0.5% de ventaja a Silvio Berlusconi. ¡El 0,5%, 120.000 votos, después de todo lo que ha ocurrido en estos años! Y el movimiento de Grillo, el Movimento Cinque Stelle (M5S), resultó ser la fuerza política más votada.

En la prensa italiana y, sobre todo, en la extranjera, se pueden leer todo tipo de análisis sobre los italianos y su ingobernabilidad. Desde el estupor en el que estoy sumida desde hace dos días, intentaré contestar a las siguientes preguntas: ¿cómo se explica la resurrección política de Silvio Berlusconi? y ¿a qué se debe el éxito de Beppe Grillo?

La misma noche del recuento, en un momento de euforia, el número dos del Cavaliere, Angelino Alfano, dijo que pediría que el Presidente de la República declarase el empate entre la coalición de centro-izquierda y de centro-derecha porque el 0,5% es una diferencia irrisoria (sic). Berlusconi lo desmintió inmediatamente y, por primera vez en su vida, dijo unas palabras que apelaban a su responsabilidad institucional: “Tenemos que reflexionar, hay que gobernar el país”. Traducción: Berlusconi está sorprendido y, tal vez, asustado. Sólo quería desestabilizar un poco la situación, salvar los muebles, recordar tanto a los suyos como a sus enemigos que no es tan fácil arrinconarle, pero nunca pensó que podría volver a tener responsabilidad de gobierno. Hasta para él, que entiende a los italianos como ningún otro, esta vez han sido imprevisibles.

Su éxito se puede achacar en parte a la (pésima) campaña electoral de Pierluigi Bersani y a las luchas intestinas del PD, pero en mi opinión esto no consigue explicar el fenómeno al que hemos asistido. Silvio Berlusconi sigue presentándose como el hombre nuevo de la política italiana, el que realizará el milagro liberal, agilizará la administración pública y nos liberará de los comunistas. ¿Por qué no lo ha hecho hasta ahora, ya que ha gozado de la mayoría parlamentaria más amplia de nuestra historia republicana? Porque no se puede, es demasiado complejo, dice. Intentas aprobar una ley, continúa, pero una de las dos cámaras la echa atrás o el Tribunal Constitucional no la aprueba. En definitiva, hay demasiados poderes y contrapoderes (característica de todos los estados liberales modernos) que lo impacientan y no le dejan llevar a cabo su idea de Italia. En todos estos años, no ha mantenido ni una de sus promesas electorales (¿os acordáis del puente en el estrecho de Messina?), ha aumentado el gasto público, las grandes empresas con participación estatal y, en algunos casos, el Parlamento y las asambleas autonómicas se han convertido en la oficina de empleo de amantes, amigos y amantes de los amigos. Las hemerotecas no mienten. Entonces, ¿por qué los italianos siguen votándolo?

Antes de esbozar una respuesta, quiero aclarar un aspecto. En Italia no hay partidos que puedan decirse ajenos a casos de corrupción, clientelas y abusos de poder. Ninguna de las fuerzas políticas consolidadas puede reclamar algo así como la superioridad moral. Cualquiera que tuviese un mínimo de sentido común y estuviese al tanto de la información política nacional, pudo ir a votar sólo tapándose la nariz y cerrando los ojos. Dicho esto, la responsabilidad penal es personal y todo el que haga generalizaciones a este respecto lo hace con mala fe. No me gustan las pancartas a lo “no hay pan para tanto chorizo”, ni los manifestantes a las puertas de los tribunales. Jamás diré, como hacen muchos en Italia, que el partido de Berlusconi tiene la primacía de la corrupción y de las malas prácticas: ni es cierto ni explica su éxito electoral.

En un bonito reportaje sobre Italia, publicado hace unos días en El País, el periodista citaba al escritor Ennio Flaiano. Para describir la peculiaridad del caso de Berlusconi, yo quiero citar al Ortega y Gasset de la Rebelión de las masas y su definición del hombre-masa, el que “sintiéndose vulgar, proclama el derecho a la vulgaridad y se niega a reconocer instancias superiores a él”. Chapeau. No dudo que en las elecciones de 1994, o incluso en las de 2001, hubo quienes creyeron sinceramente en la propuesta política de Berlusconi. En cambio, creo que ya no es una posibilidad a tomar en cuenta. Hay una larga parte de la población italiana que no puede sufrir las reglas, que no las respeta jactándose de ser más listo que el vecino, que se queja de los impuestos, no los paga y, a la vez, lamenta el mal funcionamiento de los servicios públicos. Sí, los impuestos en Italia son enormemente altos, pero -digamos la verdad- son altos sólo para los que los pagan. Berlusconi pronuncia frases subversivas, no como un privado ciudadano en la barra de un bar, sino desde la posición que da la presidencia del Gobierno o de uno de los mayores partidos políticos. Dice que la magistratura es un cáncer, que es peor que la mafia, que es lícito evadir los impuestos, y se justifica afirmando “no soy un santo” cuando se hace público que frecuenta prostitutas, una de ellas menor de edad (lo cual es un delito por el que está bajo juicio).

Me dirán que ésta es una postura esnob. Puede ser. Pero frente a quien, sin tener la menor idea de la situación política italiana (quien define a España como mediocre y subvencionada, dando a entender que Italia es el paraíso de la competencia y de la libre empresa, es que no ha entendido nada de lo que ocurre al otro lado del Mediterráneo), habla de sus detractores, especialmente las mujeres, como “histéricas, con el rostro impenetrable de las pasiones insatisfechas”, sí, frente a esto, reivindico mi esnobismo.

La segunda pregunta. No era difícil imaginar que Beppe Grillo tendría mucho éxito en estas elecciones. Lo que nadie se esperaba es que tuviera tanto. Hay que conceder a los futuros diputados y senadores del M5S el beneficio de la duda. Es más, será difícil hacerlo peor que sus predecesores. Lo que me preocupa de este resultado no es tanto o, mejor dicho, no es sólo la propuesta de medidas descabezadas como la salida del euro, la renegociación de la deuda pública, la superación de la representación tradicional a través de una democracia horizontal basada en Internet. Ni siquiera me escandalizan las palabrotas. Me preocupa su radical ímpetu moralizador y su idea de que el compromiso siempre es sinónimo de lío, embrollo, un asunto oscuro al límite del pucherazo, sobre todo en un país que oscila periódicamente entre el fatalismo y el fanatismo. Los italianos se encabronan y se indignan durante un día, luego vuelven a pensar en sus asuntos. Y en las guerras, como mínimo, empatan.

El historiador Francesco Guicciardini (1483-1540) relató las guerras renacentistas entre Francia e Imperio (aún ligado a España) que hace quinientos años ensangrentaron a la península itálica. Recogiendo un dicho popular, nos ha dejado un retrato paradigmático de aquellos italianos ante litteram. “Franza o Spagna, purché se magna”, o sea “Nos da igual estar bajo el yugo de Francia o de España, con tal de que haya comida”. Si existe algo así como el carácter de la nación, ésta es una de las frases que mejor lo describen. Volviendo a nuestros días, Grillo proclamó en todos sus mítines que él no pedía simplemente el voto de los que estaban escuchándole, porque su compromiso no puede limitarse a poner una cruz en una papeleta. Pide a sus electores que cambien su forma de ser y de actuar, y yo no creo en estas conversiones de masa al credo de la honestidad y del servicio público. Beppe Grillo ha logrado cosechar este éxito por dos razones: la primera, el mísero nivel de la clase dirigente que ha guiado el país en estos años; y la segunda, por la increíble pérdida de poder adquisitivo de la clase media, o sea, el grueso de la población.

Hace veinte años, tras destaparse los escándalos de corrupción de Tangentopoli (Comisionópolis) vivimos una ola de honestidad generalizada y una caza al corrupto parecidas. Tambíen hubo una profunda crisis económica, en cada telediario se anunciaba una nueva devaluación de la lira y tuvimos un Gobierno técnico, el de Carlo Azeglio Ciampi. Entonces, llegó el hombre de la Divina Providencia, el hombre del cambio, el no-profesional de la política, el empresario de éxito: Silvio Berlusconi. Su mentor, el socialista Bettino Craxi, antes de huir a Hammamet para escapar de la justicia, tuvo que vivir la vergüenza de ser abucheado mientras una multitud le tiraba monedas al grito de “Bettino, vuoi pure queste?”, ¿también quieres éstas?.

¿Para qué todo aquello? ¿Para tener después veinte años de Berlusconi? Deberíamos mirarnos al espejo, buscando una moral pública de mínimos y respetarla, no una conversión masiva en monjes franciscanos. Nosotros, los italianos, el pueblo de Franza o Spagna purché se magna.

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Esta entrada fue publicada en Elecciones Generales 2013 en Italia y etiquetada , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

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