Las elecciones que el PD no quiso ganar

Roma. TG1 "Faccia a Faccia tra M

En la Universidad de Bolonia tenía un profesor, de ésos que se recuerdan para toda la vida, que a final de curso repartía un folio entre los alumnos y recomendaba encarecidamente que no usáramos ninguna de las palabras que estaban escritas allí. “Si no, señores, os suspendo”. En ese listado, titulado Proscribenda, aparecían muchos conectores textuales, palabras pomposas -pero vacías- que se utilizan a menudo cuando no se tiene claro lo que se quiere decir y otras expresiones que no sabría cómo traducir al castellano. En resumidas cuentas: menos paja, chavales.

En estos meses he pensado a menudo en ese antiguo profesor mío y en sus palabras proscritas. Se echan de menos redactores jefe y escritores-de-discursos-para-políticos que prohíban o reduzcan ciertas palabras y expresiones que, de tanto uso, se han vuelto frívolas. Es más, dentro de poco nos causarán urticaria. “La crisis de los mercados”, “indignación”, “reformas estructurales”, “el futuro del país”.

El futuro del país. Ya ven. Políticos y periodistas llevan semanas, incluso meses, hablando de lo importante que son estas elecciones; una cuestión de vida o muerte, la salvación o el abismo. No obstante, según los datos difundidos por el ministerio del Interior, se ha registrado una disminución de la participación de casi el 7%, en comparación con las elecciones de 2008. ¿Se podía prever? Probablemente, pero he de confesar que me ha sorprendido. Los italianos somos campeones de la polémica y de la queja generalizada. Si uno no vota, incluso si tiene que hacerlo con la nariz tapada, pierde el derecho a protestar.

Las principales novedades políticas de estos comicios han sido el M5S de Beppe Grillo, Scelta Civica, la coalición liderada por Mario Monti, y Rivoluzione Civile, el partido fundado por el ex fiscal Antonio Ingroia. Todos ellos se presentan por primera vez a unas elecciones e, independientemente del resultado que obtengan, cabe imaginar que los electores que se han adherido a su causa han sido los primeros en ir votar. ¿Quiénes son, entonces, los que se han quedado en casa? ¿Los votantes de Berlusconi? ¿Los del Partido Demócrata? ¿Los de la extrema izquierda?

Este misterio se resolverá al cabo de unas horas. En cambio, imaginar los futuros acuerdos políticos es mucho más complicado. Lo más probable es que se produzca una alianza entre el Partido Demócrata y el ex premier Monti, pero ningún escenario promete estabilidad y es verosímil pensar que en menos de un año tendremos que volver a votar. Además, por una extraña conjunción astral, dentro de tres días el Papa abandonará el Vaticano y se abrirá el Cónclave, y a mediados de mayo terminará el mandato del Presidente de la República, Giorgio Napolitano.

Con el miedo de tener que vivir otra campaña electoral, me pregunto qué recordaré de ésta que ha acabado hace tan sólo dos días. Sin duda, recordaré que Silvio Berlusconi preguntó a una dependiente de la eléctrica Green Power cuántas veces seguidas consigue acabar, gracias a un juego de palabras difícil de reproducir en español. Lo peor: todos los presentes se reían. Que dos representantes del movimiento de derechas Fratelli d’Italia fueron protagonistas de un vídeo electoral en contra del matrimonio homosexual. “No votéis con el culo”, decían. Recordaré el crack financiero del Monte dei Paschi di Siena, un banco ligado al PD, y el arresto por corrupción de Giuseppe Orsi, apoyado por la Liga Norte, ex consejero delegado de Finmeccanica, la mayor empresa de defensa italiana, participada por el Estado en un 30%. Que Antonio Ingroia, el fiscal que hasta hace unos meses investigaba las relaciones entre mafia y Estado, rescató del olvido a muchos ex diputados de otros tantos ex partidos comunistas y formó con ellos un nuevo movimiento político. Que Berlusconi, otra vez ÉL, prometió no uno (como hace doce años), sino cuatro millones de puestos de trabajo. Recordaré que en el día de reflexión, él (siempre ÉL) afirmó que la magistratura es peor que la mafia. Que a Mario Monti le gusta la cerveza. Que un ex cómico, Beppe Grillo, llenó las plazas de toda Italia, incluso bajo la nieve, y que el Partido Demócrata decidió cerrar su campaña en el angosto espacio de un teatro de la capital, mientras en esa misma ciudad más de 800.000 personas escuchaban a Grillo en la plaza de San Giovanni.

En cambio, hay alguien del que me estoy acordando ahora mismo, cuando se acaban de cerrar las urnas, y creo que conmigo, mucha más gente: el joven alcalde de Florencia, Matteo Renzi. Todo el mundo dice que lo hubiera votado y las encuestas respaldan este dato que, en principio, podría ser un mero rumor de la calle. Hace unos meses, Renzi desafió al secretario Pierluigi Bersani en las primarias del Partido Demócrata, pero el aparato del partido nunca se desmiente en cuanto a inteligencia y previsión. El PD se movilizó en contra de Renzi y, como no podía ser de otra forma, perdió. La vida da muchas vueltas y Bersani tuvo que rescatarlo de la esquina en la que lo había arrinconado para que le echara un cable en una campaña electoral que se le complicó demasiado. Por esta razón, aunque el Partido Demócrata sea hoy el partido más votado, lo que finalmente recordaremos es que éstas fueron las elecciones que el PD no quiso ganar.

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