El amigo Putin

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El lunes pasado, la noticia de la renuncia del Papa eclipsó cualquier otro acontecimiento relevante que se produjera en el mundo, sobre todo en Italia. Nuestros candidatos tan sólo abrieron la boca para alabar ese gesto tan “humano y responsable” de Benedicto XVI y la campaña electoral quedó momentáneamente arrinconada. “¡Qué alivio!”, pensamos todos durante las primeras dos horas. Pagamos caro nuestro error y sufrimos nuestro propio vía crucis: dos días repletos de vaticanistas, teólogos, teóricos de la conspiración que ven en la decisión del Papa un intento de compactar el voto católico hacia Mario Monti o de distanciarse de los tejemanejes de la banca y de la política vaticanas.

Finalmente ocurrió un milagro, el único que podría traernos un poco de ligereza y reavivar el más practicado deporte nacional: la polémica. Señoras y señores, el martes por la noche comenzó el 63º Festival della Canzone Italiana, el Festival de Sanremo. Como cada año, todos los focos se dirigieron hacia el escenario del Teatro Ariston y, durante los cinco días siguientes, no se habló de otra cosa que de lo malas que son las canciones, ¡qué cursi los presentadores!, ¡qué feos esos zapatos! y ¿cuánto han cobrado los invitados? Yo vivo lejos y, gracias a dios, no tengo que aguantar las conversaciones de barra de bar; no obstante, ese tipo de comentarios hoy en día se ha trasladado a las redes sociales, donde hasta el más pringado del pueblo puede tener su momento de gloria escribiendo un chiste mordaz en 140 caracteres. Pero no os dejéis engañar, los números hablan claro y todos los años el Festival cosecha una audiencia comparable sólo con los partidos de la selección de fútbol. Con un Madrid-Barça, para que os hagáis una idea.

Os estaréis preguntando por qué darle tanta importancia a un espectáculo que todo el mundo critica. El hecho es que Sanremo representa el último reducto de esa cultura nacional-popular (en el mejor sentido de la expresión) que se forjó en la posguerra y se consolidó en los años 60 y 70. Los espectáculos de variedades emitidos por la RAI son un testimonio fundamental para entender a la sociedad de esa época. Era una Italia sencilla y educada, que empezaba a gozar de la prosperidad del boom económico, cuyos jóvenes accedían en números hasta entonces insospechados a la educación superior, crecieron jugando al fútbol en el patio de la Iglesia aunque acabaron ocupando los liceos y las universidades. Canzonissima antes y Fantastico después fueron los programas de culto de esta Italia que ya no existe, de la que yo sólo viví el ocaso y he conocido en los relatos de mis abuelos y de mis padres. Y, por supuesto, gracias a los archivos de la RAI.

Año tras año, nos aferramos al peso de la tradición, recordamos a Domenico Modugno y nos forzamos a creer que aún tiene sentido eso de la escuela de la canzone italiana. Desgraciadamente, salvo alguna excepción, el nivel de las composiciones es bastante malo y, a menudo, los protagonistas del Festival están recién horneados de los talent shows que se han adueñado de la franja del prime time. El ganador de esta edición, Marco Mengoni, salió de la cantera de X Factor y es el ídolo de las adolescentes a las que les va el rollo niño malo. En honor a la verdad, ya soy demasiado mayor para saber de qué va Mengoni. Es una suerte de Justin Bieber moreno y con vello. Una pena, porque había canciones mejores, pero esto es lo que pasa cuando se confía en el voto de los televidentes. ¿Os imagináis el fervor de las niñas escribiendo ‘Mengoni’ y dándole a ‘enviar’ con sus móviles? Pues empezad a temblar, porque estas mismas chicas en dos o tres años pasarán del voto por teléfono al de las urnas y podrán elegir a los diputados.

Pero ese post no va de crítica musical ni, mucho menos, sociológica. Como todo el mundo temía, la peor de la política entró de lleno en el Festival. Berlusconi echó la primera piedra reclamando a la dirección de la RAI que retrasara el comienzo del concurso musical hasta después de las elecciones, porque éste quitaría protagonismo a los candidatos y, no menos importante, porque la RAI está llena de presentadores comunistas. Nada nuevo debajo del sol: Berlusconi no podía desperdiciar la ocasión de evocar a las hordas de comunistas que ya sólo existen en su imaginación y logró que el Festival empezara bajo una atmósfera cargada. Cuando Maurizio Crozza, un actor satírico, empezó su sketch imitando al Cavaliere, desde la platea se levantaron las protestas de dos o tres espectadores. Era una acción orquestada, que hubiese fracasado en su intento si los agitadores hubiesen esperado tan sólo cinco minutos más: todos los candidatos fueron objeto de cachondeo y el teorema de Berlusconi se desmoronó por la inconsistencia de sus tesis.

Hacía falta nada menos que Toto Cutugno para relajar el ambiente y hacer que todo el público del teatro, más los quince millones de telespectadores y mi humilde persona en frente de la pantalla del ordenador, tararearan su canción más famosa, L’italiano, y se olvidaran durante cinco minutos de la crisis y de las elecciones. Han pasado 30 años desde que la entonó por primera vez en ese mismo escenario y Toto quiso celebrar este aniversario a su manera, acompañado por un coro de 40 soldados y tres generales. ¡De la Armada Roja! La idea fue del mismo Cutugno y tiene que ver con su éxito en los países del Este, no con las polémicas de nuestra desdichada campaña electoral. Pero fue una genialidad que cayó a huevo, con perdón. Me gustaría saber qué pensó Berlusconi, si prevaleció su fobia a los comunistas imaginarios o su lealtad a Vladimir Putin, ex oficial del Kgb y presidente de la Federación Rusa, al que siempre se refiere con el apelativo de amigo. El amigo Putin.

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Esta entrada fue publicada en Elecciones Generales 2013 en Italia, Festival de Sanremo, Renuncia de Benedicto XVI y etiquetada , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

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