El moralizador de la política italiana

“Los italianos son así. ¿Qué esperabas de ellos?”, sentenció mi padre, comentando por teléfono los resultados de las elecciones. “¿Es que tú eres noruego, papá?”. Silencio.

Cuando hace un mes estrené este blog, medio en serio medio en broma, elegí el adjetivo taumatúrgico para calificarlo. Cómo sobrevivir a la campaña electoral italiana era mi lema. Ahora que la suerte está echada, las urnas vacías y los escenarios políticos más inciertos que nunca, veo claramente que mi catastrófica previsión pecó de ingenua y comedida. Mientras la gente aún estaba votando, escribí que -aunque acabaran siendo el partido más votado- éstas son las elecciones que el Partido Demócrata no quiso ganar. En parte me equivoqué, porque para el PD la realidad fue más dura que sus peores previsiones. La coalición de centro-izquierda fue la más votada, pero tan sólo sacó el 0.5% de ventaja a Silvio Berlusconi. ¡El 0,5%, 120.000 votos, después de todo lo que ha ocurrido en estos años! Y el movimiento de Grillo, el Movimento Cinque Stelle (M5S), resultó ser la fuerza política más votada.

En la prensa italiana y, sobre todo, en la extranjera, se pueden leer todo tipo de análisis sobre los italianos y su ingobernabilidad. Desde el estupor en el que estoy sumida desde hace dos días, intentaré contestar a las siguientes preguntas: ¿cómo se explica la resurrección política de Silvio Berlusconi? y ¿a qué se debe el éxito de Beppe Grillo?

La misma noche del recuento, en un momento de euforia, el número dos del Cavaliere, Angelino Alfano, dijo que pediría que el Presidente de la República declarase el empate entre la coalición de centro-izquierda y de centro-derecha porque el 0,5% es una diferencia irrisoria (sic). Berlusconi lo desmintió inmediatamente y, por primera vez en su vida, dijo unas palabras que apelaban a su responsabilidad institucional: “Tenemos que reflexionar, hay que gobernar el país”. Traducción: Berlusconi está sorprendido y, tal vez, asustado. Sólo quería desestabilizar un poco la situación, salvar los muebles, recordar tanto a los suyos como a sus enemigos que no es tan fácil arrinconarle, pero nunca pensó que podría volver a tener responsabilidad de gobierno. Hasta para él, que entiende a los italianos como ningún otro, esta vez han sido imprevisibles.

Su éxito se puede achacar en parte a la (pésima) campaña electoral de Pierluigi Bersani y a las luchas intestinas del PD, pero en mi opinión esto no consigue explicar el fenómeno al que hemos asistido. Silvio Berlusconi sigue presentándose como el hombre nuevo de la política italiana, el que realizará el milagro liberal, agilizará la administración pública y nos liberará de los comunistas. ¿Por qué no lo ha hecho hasta ahora, ya que ha gozado de la mayoría parlamentaria más amplia de nuestra historia republicana? Porque no se puede, es demasiado complejo, dice. Intentas aprobar una ley, continúa, pero una de las dos cámaras la echa atrás o el Tribunal Constitucional no la aprueba. En definitiva, hay demasiados poderes y contrapoderes (característica de todos los estados liberales modernos) que lo impacientan y no le dejan llevar a cabo su idea de Italia. En todos estos años, no ha mantenido ni una de sus promesas electorales (¿os acordáis del puente en el estrecho de Messina?), ha aumentado el gasto público, las grandes empresas con participación estatal y, en algunos casos, el Parlamento y las asambleas autonómicas se han convertido en la oficina de empleo de amantes, amigos y amantes de los amigos. Las hemerotecas no mienten. Entonces, ¿por qué los italianos siguen votándolo?

Antes de esbozar una respuesta, quiero aclarar un aspecto. En Italia no hay partidos que puedan decirse ajenos a casos de corrupción, clientelas y abusos de poder. Ninguna de las fuerzas políticas consolidadas puede reclamar algo así como la superioridad moral. Cualquiera que tuviese un mínimo de sentido común y estuviese al tanto de la información política nacional, pudo ir a votar sólo tapándose la nariz y cerrando los ojos. Dicho esto, la responsabilidad penal es personal y todo el que haga generalizaciones a este respecto lo hace con mala fe. No me gustan las pancartas a lo “no hay pan para tanto chorizo”, ni los manifestantes a las puertas de los tribunales. Jamás diré, como hacen muchos en Italia, que el partido de Berlusconi tiene la primacía de la corrupción y de las malas prácticas: ni es cierto ni explica su éxito electoral.

En un bonito reportaje sobre Italia, publicado hace unos días en El País, el periodista citaba al escritor Ennio Flaiano. Para describir la peculiaridad del caso de Berlusconi, yo quiero citar al Ortega y Gasset de la Rebelión de las masas y su definición del hombre-masa, el que “sintiéndose vulgar, proclama el derecho a la vulgaridad y se niega a reconocer instancias superiores a él”. Chapeau. No dudo que en las elecciones de 1994, o incluso en las de 2001, hubo quienes creyeron sinceramente en la propuesta política de Berlusconi. En cambio, creo que ya no es una posibilidad a tomar en cuenta. Hay una larga parte de la población italiana que no puede sufrir las reglas, que no las respeta jactándose de ser más listo que el vecino, que se queja de los impuestos, no los paga y, a la vez, lamenta el mal funcionamiento de los servicios públicos. Sí, los impuestos en Italia son enormemente altos, pero -digamos la verdad- son altos sólo para los que los pagan. Berlusconi pronuncia frases subversivas, no como un privado ciudadano en la barra de un bar, sino desde la posición que da la presidencia del Gobierno o de uno de los mayores partidos políticos. Dice que la magistratura es un cáncer, que es peor que la mafia, que es lícito evadir los impuestos, y se justifica afirmando “no soy un santo” cuando se hace público que frecuenta prostitutas, una de ellas menor de edad (lo cual es un delito por el que está bajo juicio).

Me dirán que ésta es una postura esnob. Puede ser. Pero frente a quien, sin tener la menor idea de la situación política italiana (quien define a España como mediocre y subvencionada, dando a entender que Italia es el paraíso de la competencia y de la libre empresa, es que no ha entendido nada de lo que ocurre al otro lado del Mediterráneo), habla de sus detractores, especialmente las mujeres, como “histéricas, con el rostro impenetrable de las pasiones insatisfechas”, sí, frente a esto, reivindico mi esnobismo.

La segunda pregunta. No era difícil imaginar que Beppe Grillo tendría mucho éxito en estas elecciones. Lo que nadie se esperaba es que tuviera tanto. Hay que conceder a los futuros diputados y senadores del M5S el beneficio de la duda. Es más, será difícil hacerlo peor que sus predecesores. Lo que me preocupa de este resultado no es tanto o, mejor dicho, no es sólo la propuesta de medidas descabezadas como la salida del euro, la renegociación de la deuda pública, la superación de la representación tradicional a través de una democracia horizontal basada en Internet. Ni siquiera me escandalizan las palabrotas. Me preocupa su radical ímpetu moralizador y su idea de que el compromiso siempre es sinónimo de lío, embrollo, un asunto oscuro al límite del pucherazo, sobre todo en un país que oscila periódicamente entre el fatalismo y el fanatismo. Los italianos se encabronan y se indignan durante un día, luego vuelven a pensar en sus asuntos. Y en las guerras, como mínimo, empatan.

El historiador Francesco Guicciardini (1483-1540) relató las guerras renacentistas entre Francia e Imperio (aún ligado a España) que hace quinientos años ensangrentaron a la península itálica. Recogiendo un dicho popular, nos ha dejado un retrato paradigmático de aquellos italianos ante litteram. “Franza o Spagna, purché se magna”, o sea “Nos da igual estar bajo el yugo de Francia o de España, con tal de que haya comida”. Si existe algo así como el carácter de la nación, ésta es una de las frases que mejor lo describen. Volviendo a nuestros días, Grillo proclamó en todos sus mítines que él no pedía simplemente el voto de los que estaban escuchándole, porque su compromiso no puede limitarse a poner una cruz en una papeleta. Pide a sus electores que cambien su forma de ser y de actuar, y yo no creo en estas conversiones de masa al credo de la honestidad y del servicio público. Beppe Grillo ha logrado cosechar este éxito por dos razones: la primera, el mísero nivel de la clase dirigente que ha guiado el país en estos años; y la segunda, por la increíble pérdida de poder adquisitivo de la clase media, o sea, el grueso de la población.

Hace veinte años, tras destaparse los escándalos de corrupción de Tangentopoli (Comisionópolis) vivimos una ola de honestidad generalizada y una caza al corrupto parecidas. Tambíen hubo una profunda crisis económica, en cada telediario se anunciaba una nueva devaluación de la lira y tuvimos un Gobierno técnico, el de Carlo Azeglio Ciampi. Entonces, llegó el hombre de la Divina Providencia, el hombre del cambio, el no-profesional de la política, el empresario de éxito: Silvio Berlusconi. Su mentor, el socialista Bettino Craxi, antes de huir a Hammamet para escapar de la justicia, tuvo que vivir la vergüenza de ser abucheado mientras una multitud le tiraba monedas al grito de “Bettino, vuoi pure queste?”, ¿también quieres éstas?.

¿Para qué todo aquello? ¿Para tener después veinte años de Berlusconi? Deberíamos mirarnos al espejo, buscando una moral pública de mínimos y respetarla, no una conversión masiva en monjes franciscanos. Nosotros, los italianos, el pueblo de Franza o Spagna purché se magna.

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Las elecciones que el PD no quiso ganar

Roma. TG1 "Faccia a Faccia tra M

En la Universidad de Bolonia tenía un profesor, de ésos que se recuerdan para toda la vida, que a final de curso repartía un folio entre los alumnos y recomendaba encarecidamente que no usáramos ninguna de las palabras que estaban escritas allí. “Si no, señores, os suspendo”. En ese listado, titulado Proscribenda, aparecían muchos conectores textuales, palabras pomposas -pero vacías- que se utilizan a menudo cuando no se tiene claro lo que se quiere decir y otras expresiones que no sabría cómo traducir al castellano. En resumidas cuentas: menos paja, chavales.

En estos meses he pensado a menudo en ese antiguo profesor mío y en sus palabras proscritas. Se echan de menos redactores jefe y escritores-de-discursos-para-políticos que prohíban o reduzcan ciertas palabras y expresiones que, de tanto uso, se han vuelto frívolas. Es más, dentro de poco nos causarán urticaria. “La crisis de los mercados”, “indignación”, “reformas estructurales”, “el futuro del país”.

El futuro del país. Ya ven. Políticos y periodistas llevan semanas, incluso meses, hablando de lo importante que son estas elecciones; una cuestión de vida o muerte, la salvación o el abismo. No obstante, según los datos difundidos por el ministerio del Interior, se ha registrado una disminución de la participación de casi el 7%, en comparación con las elecciones de 2008. ¿Se podía prever? Probablemente, pero he de confesar que me ha sorprendido. Los italianos somos campeones de la polémica y de la queja generalizada. Si uno no vota, incluso si tiene que hacerlo con la nariz tapada, pierde el derecho a protestar.

Las principales novedades políticas de estos comicios han sido el M5S de Beppe Grillo, Scelta Civica, la coalición liderada por Mario Monti, y Rivoluzione Civile, el partido fundado por el ex fiscal Antonio Ingroia. Todos ellos se presentan por primera vez a unas elecciones e, independientemente del resultado que obtengan, cabe imaginar que los electores que se han adherido a su causa han sido los primeros en ir votar. ¿Quiénes son, entonces, los que se han quedado en casa? ¿Los votantes de Berlusconi? ¿Los del Partido Demócrata? ¿Los de la extrema izquierda?

Este misterio se resolverá al cabo de unas horas. En cambio, imaginar los futuros acuerdos políticos es mucho más complicado. Lo más probable es que se produzca una alianza entre el Partido Demócrata y el ex premier Monti, pero ningún escenario promete estabilidad y es verosímil pensar que en menos de un año tendremos que volver a votar. Además, por una extraña conjunción astral, dentro de tres días el Papa abandonará el Vaticano y se abrirá el Cónclave, y a mediados de mayo terminará el mandato del Presidente de la República, Giorgio Napolitano.

Con el miedo de tener que vivir otra campaña electoral, me pregunto qué recordaré de ésta que ha acabado hace tan sólo dos días. Sin duda, recordaré que Silvio Berlusconi preguntó a una dependiente de la eléctrica Green Power cuántas veces seguidas consigue acabar, gracias a un juego de palabras difícil de reproducir en español. Lo peor: todos los presentes se reían. Que dos representantes del movimiento de derechas Fratelli d’Italia fueron protagonistas de un vídeo electoral en contra del matrimonio homosexual. “No votéis con el culo”, decían. Recordaré el crack financiero del Monte dei Paschi di Siena, un banco ligado al PD, y el arresto por corrupción de Giuseppe Orsi, apoyado por la Liga Norte, ex consejero delegado de Finmeccanica, la mayor empresa de defensa italiana, participada por el Estado en un 30%. Que Antonio Ingroia, el fiscal que hasta hace unos meses investigaba las relaciones entre mafia y Estado, rescató del olvido a muchos ex diputados de otros tantos ex partidos comunistas y formó con ellos un nuevo movimiento político. Que Berlusconi, otra vez ÉL, prometió no uno (como hace doce años), sino cuatro millones de puestos de trabajo. Recordaré que en el día de reflexión, él (siempre ÉL) afirmó que la magistratura es peor que la mafia. Que a Mario Monti le gusta la cerveza. Que un ex cómico, Beppe Grillo, llenó las plazas de toda Italia, incluso bajo la nieve, y que el Partido Demócrata decidió cerrar su campaña en el angosto espacio de un teatro de la capital, mientras en esa misma ciudad más de 800.000 personas escuchaban a Grillo en la plaza de San Giovanni.

En cambio, hay alguien del que me estoy acordando ahora mismo, cuando se acaban de cerrar las urnas, y creo que conmigo, mucha más gente: el joven alcalde de Florencia, Matteo Renzi. Todo el mundo dice que lo hubiera votado y las encuestas respaldan este dato que, en principio, podría ser un mero rumor de la calle. Hace unos meses, Renzi desafió al secretario Pierluigi Bersani en las primarias del Partido Demócrata, pero el aparato del partido nunca se desmiente en cuanto a inteligencia y previsión. El PD se movilizó en contra de Renzi y, como no podía ser de otra forma, perdió. La vida da muchas vueltas y Bersani tuvo que rescatarlo de la esquina en la que lo había arrinconado para que le echara un cable en una campaña electoral que se le complicó demasiado. Por esta razón, aunque el Partido Demócrata sea hoy el partido más votado, lo que finalmente recordaremos es que éstas fueron las elecciones que el PD no quiso ganar.

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Mario Monti, el hombre del abrigo ‘loden’

PAPA:ANCHE PREMIER MONTI A MESSA ORDINAZIONE VESCOVO D.GEORG

Cuando uno se hace intérprete de los pensamientos de los demás. Cuando faltan tres días para las elecciones y los candidatos harían cualquier cosa con tal de sumar un puñado de votos más. Cuando se trata una noticia de manera sensacionalista. Cuando los medios no contrastan las informaciones. Cuando todo esto ocurre, el embrollo está asegurado.

Mario Monti protagoniza hoy todas las portadas de los periódicos italianos. Se improvisó exegeta de los pensamientos de Angela Merkel y metió la pata. Ayer por la mañana, participó en un desayuno organizado por la agencia de noticias Adrkronos. Como era lógico, le preguntaron por una declaración de Silvio Berlusconi, según el cual, por imperativo del pérfido gobierno teutón, el professore y el Partido Demócrata han pactado en secreto un acuerdo para el próximo gobierno. En un primer momento, Monti afirmó que se trata de una rotunda falsedad. Pero siguió hablando y, como ocurre a menudo, acabó cometiendo un error. Añadió que Merkel teme la victoria de los partidos de izquierdas. “En un año tan importante para la canciller, en el que se van a celebrar elecciones, no creo que quiera ver al Partido Demócrata en el Gobierno de Italia”.

Pocos minutos después, Adrkronos publicó una noticia titulada: “Monti: Merkel no quiere al PD en el Gobierno”, un resumen que se corresponde con la sustancia de sus declaraciones, pero no con su forma. Todos los demás medios, incluídos Repubblica y el Corriere della Sera, se hicieron eco de estas clamorosas palabras. Sólo un periodista hizo lo que la deontología prescribe en estos casos: contrastar la información. Filippo Sensi, vicedirector de Europa, escribió un tuit (sic) al portavoz de Merkel, Steffen Seibert, que desmintió cualquier declaración de la canciller sobre el resultado de las elecciones italianas. Los demás medios rectificaron y se han malgastado ríos de tinta sobre este bochornoso episodio.

Más allá de esta anécdota, la campaña electoral ha mostrado a un Monti muy distinto al que habíamos visto en los trece meses de su Gobierno. Desde el momento en el que anunció su candidatura, se quitó el uniforme de técnico y, con ello, perdió gran parte del prestigio del que gozaba entre los ciudadanos. Y, digamos la verdad, perdió también la excesiva reverencia con la que la prensa le había tratado. Incluso los medios que no le son ideológicamente afines lo describían como el representante de la burguesía milanesa de antaño, laboriosa y culta, poderosa pero sin los modales zafios de los nuevos ricos. Monti: el salvador de la patria, el burgués iluminado. El hombre del abrigo loden.

monti_birra_intervista“No me interesa la política activa, quiero volver a la enseñanza universitaria”, dijo hace tan sólo unos meses en declaraciones que, visto lo visto, parecen del pleistoceno. Ahora, lo vemos a todas horas en debates televisivos de dudoso gusto, atacando con dureza a sus adversarios, que resultan ser los mismos que hasta hace nada formaban parte de su mayoría parlamentaria. Se ha prestado a los mecanismos de la política como entretenimiento, dejándose entrevistar con un vaso de cerveza en la mano y acariciando a un perro con la otra. La mirada asesina de su mujer Elsa mientras contesta al móvil en misa resolvió todas nuestras dudas: el hombre del loden se ha convertido definitvamente en político.

Faltan sólo tres días para las elecciones y los candidatos están dispuestos a todo. Según la ley electoral, el umbral mínimo para lograr escaños en la Cámara de los diputados es del 4%. Pero, en el caso de Monti, al presentarse en coalición, este porcentaje sube al 10%. Este objetivo, que en un primer momento parecía cantado, no es ahora tan seguro. Hay que esperar hasta el lunes para saber si merecía la pena jugar ese juego, professore.

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Atentamente, Silvio Berlusconi

berlusconi_contratto_italiani_2001

Hoy me siento como aquel ilustre bilbaíno, Miguel de Unamuno, al que le dolía España y se contradecía a sí mismo. “¿Y qué?”.

Publiqué ayer el texto más serio de los que he escrito hasta ahora y da que pensar que trate sobre un (ex) cómico. Grillo suelta un chiste y yo hago mal la digestión, pensando en Weimar y en Carl Schmitt. Luego, como buena italiana que soy, me tomo un café y a otra cosa.

En el post anterior dije que la foto de Grillo en Mantua, mientras los suyos le escuchaban quietos bajo la nieve, iba a ser el símbolo de esta campaña electoral. Mea culpa, hablé antes de tiempo, porque Berlusconi no sólo se desmiente a sí mismo, sino que empuja a que los demás también lo hagamos.

Hace aproximadamente un mes, el Cavaliere hizo una “propuesta shock”: dijo que, en caso de ganar las elecciones y formar un gobierno, devolvería el importe del IMU (el equivalente del IBI) sobre la primera vivienda. Desde entonces, lo repite día y noche en todos los programas de televisión en los que participa. Al ser preguntado sobre dónde sacaría el dinero, empezó a inventarse cifras y lo único que pudimos entender es que esta “propuesta shock” (como él mismo la define) se alimentaría de la deuda pública. La vieja y eterna solución de los políticos italianos en campaña electoral: arreglar el país emitiendo deuda pública.

Pese a todas las críticas, ayer Berlusconi subió la apuesta. Millones de personas recibieron en sus hogares una carta, firmada por él, en la que se compromete a devolver el impuesto sobre los bienes inmuebles. En el buzón también había otro sobre en el que detalla los demás puntos de su programa para la próxima legislatura. Se trata de una versión actualizada del Contratto con gli italiani de 2001, un escrito que firmó en directo, en un plató de televisión. Una imagen que no hemos logrado borrar de nuestra memoria.

Ahora, para volver definitivamente doce años atrás, tan sólo faltan dos cosas: que nos envíe la segunda parte de Una storia italiana, el fotorreportaje de su vida con el que también nos obsequió en 2001; y que los italianos le otorguen la mayoría absoluta. Lo segundo parece lo menos probable.

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El ‘Tsunami’ de Grillo

Hay una fotografía que quedará grabada en mi memoria como el símbolo de esta campaña electoral. La imagen fue inmortalizada el pasado lunes 11 de febrero en una preciosa ciudad de provincia, Mantua, en la región de Lombardía. La plaza principal rebosaba de gente que escuchaba atenta las palabras de un ex cómico convertido en líder político, Beppe Grillo, mientras la nieve lo cubría todo de blanco. Todos quietos, callados, muertos de frío y cada vez más empapados. Es una imagen que le deja a uno atónito, ya que la tendencia de nuestros tiempos es la opuesta: si un político logra reunir a su alrededor una multitud, ésta tan sólo quiere abuchearle.

beppe grillo mantova neve

Pueden encontrarse innumerables fotografías parecidas a ésta en su blog, en su página de Facebook y en Twitter. La estrategia de su campaña electoral se mueve a través dos ejes aparentemente incompatibles y que, en cambio, se han compenetrado con éxito: las plazas e Internet. Grillo es el único líder político que no ha querido pisar los platós ni atender a los periodistas en estos meses. Desde el 14 de enero viaja a lo largo y ancho de la península, de norte a sur, ha alcanzado Sicilia y Cerdeña, habla con la gente y llena las plazas tanto de las productivas ciudades de provincia como de los grandes centros urbanos. Génova y Palermo, Turín y Cagliari, incluso la ciudad roja por excelencia, Bolonia. Y, cómo no, actualiza su blog y su canal de Youtube, desde el cual se pueden seguir en streaming todos sus mítines.

Grillo ha bautizado su gira como el Tsunami Tour, un nombre más acertado de lo que probablemente él mismo piensa. Por una parte Tsunami, porque arrolla a todas las categorías políticas con las que habíamos etiquetado y analizado los hechos de la política italiana de los últimos 20 años. ¿Es un movimiento político de derechas? ¿Es de izquierdas? Nadie sabe contestar y Grillo afirma que él y los suyos han superado todas esas categorías. Por otra parte Tour, la palabra en la que menos se hace hincapié, pero no por ello es menos importante. Describe muy bien lo que hace: sus apariciones públicas se parecen más a una representación teatral que a mítines políticos; juega con las reglas eternas del teatro; sabe cuándo soltar un chiste o un apodo; cuándo levantar la voz. No hace falta molestar ni a Platón, ni a Aristóteles, ni a la catarsis, para entender que Grillo domina a la perfección el mecanismo de la empatía. Los suyos son unos electores convertidos en público: el público de una extraordinaria puesta en escena.

En su ímpetu regeneracionista, Grillo sostiene que la televisión está muerta, que los periodistas (¡todos, sin hacer distinciones!) son unos mentirosos, que las tradicionales lógicas de poder están superadas, que hay que salir de la zona euro, que los políticos tienen que irse a su casa. “¡Todos a casa!”, grita desde el escenario. “¡Todos!”, le contestan en coro desde la plaza. Entre las carcajadas del público, Mario Monti se convierte en Rigor Montis, Pierluigi Bersani en Gargamel y Silvio Berlusconi en el psicoenano. Rechaza los valores y los mecanismos de la democracia representativa y profetiza una democracia horizontal, una democracia de la web que en un futuro muy próximo barrerá el sistema parlamentario que hemos conocido hasta ahora. Grillo divide peligrosamente el mundo en dos, sin matices de gris: de una parte, están él y los que le apoyan sin condiciones; de la otra, todos los demás, malos y corruptos.

Beppe Grillo es un cómico de talento que desarrolló su carrera a finales de los años 70 y llegó al gran público a comienzos de los 80, gracias a su participación en Fantastico, un exitoso programa de variedades de la RAI. Pero no hay que dejarse engañar por la palabra cómico. Grillo no se encasilla en el género del humor o del simple entretenimiento; siempre ha sido un autor/actor satírico. En sus sketchs denunciaba el comportamiento de los políticos de la así llamada Primera República*, directivos de grandes empresas públicas y privadas y promovía, a la vez, tesis ecologistas.

El 15 de noviembre de 1986, con el famoso Pippo Baudo al frente de Fantastico, el número de Beppe Grillo era uno de los momentos más esperados de la velada. Pero esa noche pronunció la frase que, de alguna manera, le costaría la carrera. Empezó a contar que destacados miembros del Partido Socialista de Bettino Craxi habían viajado a China en una misión diplomática. Imaginad una mesa enorme, con los políticos italianos y sus respectivos chinos cenando juntos. De repente, dijo Grillo, Claudio Martelli (el segundo de Craxi) se levanta de la mesa, se acerca al secretario de su partido e incrédulo le susurra al oído: “¡Me he enterado de que aquí hay mil millones de socialistas! ¿A quién le roban entonces?”.

La broma no le hizo ninguna gracia a Craxi y Grillo salió para siempre de la Rai.

El cómico desapareció de la televisión, pero continuó su carrera en los teatros. En el año 2005, empezó a escribir un blog junto al empresario y experto de comunicación Gianroberto Casaleggio. Las temáticas ambientales, la corrupción y los escándalos financieros (Parmalat, Cirio, e Banca d’Italia) fueron sus caballos de batalla. La popularidad del blog fue tan abrumadora que en torno a estos temas cuajó un movimiento popular que se hizo promotor de algunas de las más relevantes manifestaciones de los últimos años. Después, esta ola de indignación se transformó en un movimiento político, el Movimento Cinque Stelle (M5S), que desde 2010 tiene representación en muchos ayuntamientos y parlamentos autonómicos. Grillo dirige el movimiento con férrea autoridad, pero ha tomado la firme resolución de no presentarse directamente a las elecciones. Es la cabeza mediática del M5S y representa una especie de sponsor para las candidatos que se han situado a su sombra. Los últimos sondeos indican que es la tercera fuerza política del país y cosechará el 15% de los votos, detrás del Partido Demócrata y del PDL, pero por delante de Monti.

Queda por ver de qué serán capaces los más de 100 diputados y senadores del M5S que podrían entrar en el Parlamento. Hasta ahora, siguen con fervor casi religioso las palabras de su mentor y se consideran a sí mismos portadores de la estela de la pureza. Sin ánimo de molestar, les aconsejo de echar mano de los clásicos. Con toda seguridad, los senadores son buenos hombres, decía Cicerón; al contrario, el Senado es una mala bestia. Huelga añadir más palabras para todo el que quiera entender.

* Por Primera República se entiende la época anterior a los escándalos de corrupción y a las investigaciones judiciales de 1992, que acabaron con las cúpulas de los más poderosos partidos políticos, especialmente el Partido Socialista Italiano y la Democracia Cristiana.

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El amigo Putin

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El lunes pasado, la noticia de la renuncia del Papa eclipsó cualquier otro acontecimiento relevante que se produjera en el mundo, sobre todo en Italia. Nuestros candidatos tan sólo abrieron la boca para alabar ese gesto tan “humano y responsable” de Benedicto XVI y la campaña electoral quedó momentáneamente arrinconada. “¡Qué alivio!”, pensamos todos durante las primeras dos horas. Pagamos caro nuestro error y sufrimos nuestro propio vía crucis: dos días repletos de vaticanistas, teólogos, teóricos de la conspiración que ven en la decisión del Papa un intento de compactar el voto católico hacia Mario Monti o de distanciarse de los tejemanejes de la banca y de la política vaticanas.

Finalmente ocurrió un milagro, el único que podría traernos un poco de ligereza y reavivar el más practicado deporte nacional: la polémica. Señoras y señores, el martes por la noche comenzó el 63º Festival della Canzone Italiana, el Festival de Sanremo. Como cada año, todos los focos se dirigieron hacia el escenario del Teatro Ariston y, durante los cinco días siguientes, no se habló de otra cosa que de lo malas que son las canciones, ¡qué cursi los presentadores!, ¡qué feos esos zapatos! y ¿cuánto han cobrado los invitados? Yo vivo lejos y, gracias a dios, no tengo que aguantar las conversaciones de barra de bar; no obstante, ese tipo de comentarios hoy en día se ha trasladado a las redes sociales, donde hasta el más pringado del pueblo puede tener su momento de gloria escribiendo un chiste mordaz en 140 caracteres. Pero no os dejéis engañar, los números hablan claro y todos los años el Festival cosecha una audiencia comparable sólo con los partidos de la selección de fútbol. Con un Madrid-Barça, para que os hagáis una idea.

Os estaréis preguntando por qué darle tanta importancia a un espectáculo que todo el mundo critica. El hecho es que Sanremo representa el último reducto de esa cultura nacional-popular (en el mejor sentido de la expresión) que se forjó en la posguerra y se consolidó en los años 60 y 70. Los espectáculos de variedades emitidos por la RAI son un testimonio fundamental para entender a la sociedad de esa época. Era una Italia sencilla y educada, que empezaba a gozar de la prosperidad del boom económico, cuyos jóvenes accedían en números hasta entonces insospechados a la educación superior, crecieron jugando al fútbol en el patio de la Iglesia aunque acabaron ocupando los liceos y las universidades. Canzonissima antes y Fantastico después fueron los programas de culto de esta Italia que ya no existe, de la que yo sólo viví el ocaso y he conocido en los relatos de mis abuelos y de mis padres. Y, por supuesto, gracias a los archivos de la RAI.

Año tras año, nos aferramos al peso de la tradición, recordamos a Domenico Modugno y nos forzamos a creer que aún tiene sentido eso de la escuela de la canzone italiana. Desgraciadamente, salvo alguna excepción, el nivel de las composiciones es bastante malo y, a menudo, los protagonistas del Festival están recién horneados de los talent shows que se han adueñado de la franja del prime time. El ganador de esta edición, Marco Mengoni, salió de la cantera de X Factor y es el ídolo de las adolescentes a las que les va el rollo niño malo. En honor a la verdad, ya soy demasiado mayor para saber de qué va Mengoni. Es una suerte de Justin Bieber moreno y con vello. Una pena, porque había canciones mejores, pero esto es lo que pasa cuando se confía en el voto de los televidentes. ¿Os imagináis el fervor de las niñas escribiendo ‘Mengoni’ y dándole a ‘enviar’ con sus móviles? Pues empezad a temblar, porque estas mismas chicas en dos o tres años pasarán del voto por teléfono al de las urnas y podrán elegir a los diputados.

Pero ese post no va de crítica musical ni, mucho menos, sociológica. Como todo el mundo temía, la peor de la política entró de lleno en el Festival. Berlusconi echó la primera piedra reclamando a la dirección de la RAI que retrasara el comienzo del concurso musical hasta después de las elecciones, porque éste quitaría protagonismo a los candidatos y, no menos importante, porque la RAI está llena de presentadores comunistas. Nada nuevo debajo del sol: Berlusconi no podía desperdiciar la ocasión de evocar a las hordas de comunistas que ya sólo existen en su imaginación y logró que el Festival empezara bajo una atmósfera cargada. Cuando Maurizio Crozza, un actor satírico, empezó su sketch imitando al Cavaliere, desde la platea se levantaron las protestas de dos o tres espectadores. Era una acción orquestada, que hubiese fracasado en su intento si los agitadores hubiesen esperado tan sólo cinco minutos más: todos los candidatos fueron objeto de cachondeo y el teorema de Berlusconi se desmoronó por la inconsistencia de sus tesis.

Hacía falta nada menos que Toto Cutugno para relajar el ambiente y hacer que todo el público del teatro, más los quince millones de telespectadores y mi humilde persona en frente de la pantalla del ordenador, tararearan su canción más famosa, L’italiano, y se olvidaran durante cinco minutos de la crisis y de las elecciones. Han pasado 30 años desde que la entonó por primera vez en ese mismo escenario y Toto quiso celebrar este aniversario a su manera, acompañado por un coro de 40 soldados y tres generales. ¡De la Armada Roja! La idea fue del mismo Cutugno y tiene que ver con su éxito en los países del Este, no con las polémicas de nuestra desdichada campaña electoral. Pero fue una genialidad que cayó a huevo, con perdón. Me gustaría saber qué pensó Berlusconi, si prevaleció su fobia a los comunistas imaginarios o su lealtad a Vladimir Putin, ex oficial del Kgb y presidente de la Federación Rusa, al que siempre se refiere con el apelativo de amigo. El amigo Putin.

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Nuntio vobis gaudium magnum

Llevaba días revisando de arriba abajo todos los periódicos italianos, sus ediciones online y de papel, buscando datos y porcentajes sobre las intenciones de voto, leyendo los análisis de insignes politólogos y economistas, viendo los comicios del Tsunami Tour de Beppe Grillo en su canal de Youtube, las intervenciones televisivas de Bersani, Berlusconi, Monti e Ingroia, todo ello para ofrecer una buena síntesis de las últimas novedades de la campaña electoral. Hasta que a las 11.46 de hoy, 11 de febrero, la agencia Ansa hizo público que Benedicto XVI había anunciado su renuncia y se fue todo al garete. Han pasado siete horas, siete horas repletas de vaticanistas en los medios de todo el mundo, y he de confesar que empiezo a añorar a los fab five de nuestras elecciones.

Ya no le importa a nadie que hace apenas unos días Mario Monti apareció en la tele abrazando a un perro y bebiendo cerveza mientras le hacían una entrevista. Berlusconi ha prometido de todo, desde la abolición del IBI y cuatro millones de puestos de trabajo hasta el matrimonio gay, salvo decirnos al día siguiente que no era cierto, que habíamos entendido mal. No importa, es folklore. ¿Ingroia ha propuesto instituir un único grado de juicio para los delitos de mafia? Pero bueno, ¿qué más da? Hasta que la fumata bianca de la basilica de San Pedro preceda a la famosa fórmula Nuntio vobis gaudium magnum, habemus Papam!, veremos florecer a expertos en Historia de la Iglesia, supuestos conocedores de los entresijos de la Curia romana y leeremos decenas de quinielas sobre la posible identidad del próximo sucesor de Pedro. Ya los estamos viendo en acción.

Procedamos con orden. El 8 de febrero fue el último día útil para que la prensa hiciera públicos los sondeos. Desde ese día y hasta la fecha de las elecciones, queda perentoriamente prohibido. Los datos, como siempre, varían según la empresa que los ha realiza y los medios en los que aparecen; no obstante, esta vez se trata de diferencias de poco valor y los números confirman el riesgo de ingobernabilidad tras el recuento de los votos. Las cifras publicadas por Il Corriere della Sera, proporcionadas por ISPO (Istituto per gli Studi sulla Pubblica Opinione), son éstas: Bersani, 37,2% (PD: 32,2; Sinistra e Libertà, SEL: 3,5; Otros: 1,5); Berlusconi, 29,7% (PDL: 22; Liga Norte: 5,4; Otros: 2,3); Monti, 12,9% (Scelta civica con Monti: 9,3; Futuro e Libertà: 0,6; Unione Democratici di Centro, UDC: 3); Beppe Grillo, M5S, 14,3%; Ingroia, RC, 4,2%. El sondeo indica también que el 31% de la población no sabe aún si y a quién votar.

Como ninguna de las coaliciones se ha pronunciado con claridad sobre los acuerdos post-electorales, y echando una ojeada a los datos hará falta un acuerdo, las especulaciones no hacen más que multiplicarse. ¿Se aliará Bersani con Monti? Si eso es así, ¿qué hará su aliado Nichi Vendola, líder de SEL? ¿Le quitará el apoyo? Por otro lado, ¿tiene cabida un eje Monti-Berlusconi? ¿Qué haría la Liga Norte en ese caso? Como podéis ver, es una quiniela igual de intricada que la de nuestros vecinos del Vaticano.

De confirmarse estos datos, existe el riesgo de volver a las urnas después de seis meses. Aun si el Partido Demócrata y Scelta civica con Monti, que se definen a sí mismos como los responsables, sumaran sus votos, llegarían al 50,4% de los consensos, un número insuficiente para formar un Gobierno estable en el mar tumultuoso de la política italiana. Y todos nosotros recordaríamos este 2013 como el annus horribilis en el que vivimos dos campañas electorales, dos elecciones, y Dios sabe cuántas fumate nere.

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